En Abril de 2004 se comenzó a evaluar la conveniencia de suscribir un tratado comercial con China. Siete meses después, en el marco de la Cumbre APEC celebrada en Santiago, los presidentes de ambos países anunciaron el inicio de las negociaciones que después de cinco rondas culminaron con la firma del acuerdo que debería entrar en vigencia el segundo semestre del presente año.
La rápida gestión del acuerdo revela la voluntad política de ambos gobiernos por alcanzarlo, y su contenido en lo medular no difiere de otros firmados por nuestro país en los últimos años. Sin embargo es del caso recordar que los aspectos laborales y de seguridad social fueron relegados a un Memorando de Entendimiento, y los medioambientales a un Acuerdo de Cooperación Ambiental.
En cuanto a la desgravación arancelaria de las exportaciones, se acordó que ésta fuera total, a partir del primer día de vigencia del acuerdo, para el 92 por ciento de las partidas arancelarias en el caso de Chile, y de 50 por ciento en el caso de China. Para el resto del comercio se contemplan periodos de desgravación comprendidos entre uno y diez años.
Entre los productos ligados a la agricultura, Chile logró desgravación inmediata o al cabo de cinco años, para sus hortalizas, carne de ave, cerezas frescas, duraznos frescos, nectarines frescos, tableros de madera, quesos, duraznos en conserva, y pasta de tomate. En cambio, otros productos agrícolas importantes como uvas y manzanas se verán libres de arancel para entrar a China sólo al cabo de diez años.
Para proteger las actividades internas de las importaciones chinas, nuestro país excluyó del acuerdo 152 partidas arancelarias, entre ellas las de productos agrícolas que tienen bandas de precios (trigo, harina y azúcar), algunos rubros textiles y confecciones, productos metalúrgicos y línea blanca. Por otro lado, acordó desgravación inmediata para la entrada de automóviles, maquinarias, computadores, impresoras y teléfonos celulares.
Hasta el año 2004 la balanza comercial fue crecientemente favorable a Chile, situación que debe haber mejorado aún más en 2005 debido al elevado precio del cobre y otros productos de la minería que representan cerca del 80 por ciento del total exportado a ese país. Las exportaciones del sector agropecuario representan sólo el 1,3% del total, y en una posición intermedia está la industria manufacturera con el 19 por ciento.
En general, resulta difícil cuantificar anticipadamente los efectos comerciales positivos que pueden derivarse de un tratado de libre comercio. A lo más se logra dimensionar lo que puede ocurrir con las exportaciones e importaciones actuales ante la redución de los aranceles e impuestos que las gravan, pero queda sin respuesta la interrogante de cuál puede ser el volumen de nuevos productos que se incorporarán al comercio al bajarse o disminuirse las barreras arancelarias.
El tratado con China no es una excepción en este sentido. Al igual que otros, no parece que pueda generar un gran impacto macroeconómico en el corto y mediano plazo, porque actualmente las barreras para la entrada de nuestros productos (con escaso valor agregado) a ese país no son bajas y la desgravación pequeña y extendida en el tiempo que se ha acordado para la entrada de la mitad de los productos chinos a nuestro mercado evita un impacto violento sobre la producción interna.
El éxito de este acuerdo comercial debería producirse inicialmente a nivel de algunos sectores específicos que podrían beneficiarse del rápido crecimiento de la economía china y el fuerte crecimiento de la demanda insatisfecha, principalmente de alimentos, de una gran masa de la población que accederá a mejores niveles de vida. Hay que recordar que las personas en ese país gastan el 50% de su ingreso en alimentarse, mientras en Chile no llega al 30%. A partir de este acuerdo nuestro sector agropecuario puede tener un espacio complementario para cimentar su desarrollo.
Andrés Passicot
Ingeniero Comercial, Director Gemines