| VINO:
LOS DESAFIOS DE HOY

Durante
los últimos 25 años la vitivinicultura de exportación
ha tenido un desarrollo notable, llegando a ser uno de los sectores
más dinámicos después que se removieron los obstáculos
que impidieron su desarrollo, en particular la prohibición de
aumentar la superficie plantada, y las regulaciones que por tantos años
desalentaron la entrada de la inversión extranjera.
De la mano de esta última llegó la tecnología y
el conocimiento de los mercados, los que unidos a la calidad de los
suelos chilenos, el clima privilegiado, la capacidad de la mano de obra,
y la iniciativa empresarial, hicieron que a finales de 2002 se llegara
a tener más de 108 mil hectáreas plantadas, con diez variedades
de cepas reconocidas internacionalmente.
Partiendo de niveles extremadamente bajos, no fue extraño que
hasta el año 2000 la superficie plantada creciera a una tasa
superior al 10 por ciento anual. Fueron años de muchos esfuerzos
desplegados en el marco de las grandes oportunidades que siempre se
presentan cuando se crea una industria nueva, pero también de
los riesgos propios que se asocian a emprender en áreas desconocidas.
La superficie plantada, los más de 600 millones de dólares
exportados, y las tendencias observadas en los últimos años
al interior de la industria, sugieren claramente que la vitivinicultura
nacional no continuará progresando por la ruta seguida hasta
ahora.
De partida, no parece muy probable que el futuro desarrollo del sector
se apoye tanto en la incorporación de nuevas hectáreas
plantadas, como hasta hace dos años. De hecho en 2001 y 2002
el incremento promedio de las plantaciones fue de apenas 2,5% anual.
Así, relativamente acotada la superficie plantada forzoso es
reconocer que para seguir progresando, los esfuerzos deben orientarse
a mejorar los niveles de productividad en todos los ámbitos del
negocio. Esto significa desafíos importantes para las empresas
del sector pero también para los responsables de generar un entorno
macroeconómico favorable para la creación de empleos,
el crecimiento económico, y la inversión.
En lo primero ya se advierten algunas tendencias que apuntan en la dirección
señalada, como es el caso de la progresiva desaparición
de los vinos elaborados con desechos de uva de exportación, que
si bien permitían satisfacer un sector de la demanda, no contribuían
en absoluto a promover la calidad y los precios del producto, variables
fundamentales para afianzar el desarrollo del sector en el largo plazo.
En 2003 sólo un 4 por ciento de la producción de vino
se hizo con esa uva.
En la misma línea cabe mencionar la creciente proporción
de la producción que ahora tiene denominación de origen,
la que en los últimos dos años llegó a representar
un 80 por ciento del total.
Por último, la preocupación de los productores por atender
los cambios en la demanda los ha llevado a introducir nuevas variedades
en adición a las tradicionales, o en reemplazo de las que comienzan
a tener menos aceptación en los mercados. Tal es el caso de las
cepas Carmenér, Syrah, y Cabernet Franc, las tres introducidas
en los últimos siete años y que actualmente ya representan,
en conjunto, más del 10 por ciento de la superficie plantada.
Entre las cepas tradicionales cinco de las cuales siguen representando,
como hace diez años, las tres cuartas partes del total también
se advierten cambios en la dirección correcta. La uva País
que hace diez años representaba más del 30 por ciento
ha disminuido a menos del 14 actualmente, en beneficio de la variedad
Cabernet Sauvignon de gran aceptación en los mercados internacionales.
ANDRES PASSICOT
Ingeniero
Comercial, Gerente General Gemines |