Editorial
SUBSIDIOS A LA AGRICULTURA
Los ministros reunidos recientemente en el Foro Económico de Asia - Pacífico (APEC) en Corea del Sur, instaron una vez más a la Organización Mundial de Comercio a reducir los subsidios agrícolas, de manera que la reunión de Doha, prevista para el próximo año, pueda terminar exitosamente en este aspecto. Todo dependerá de los esfuerzos que se hagan para convencer a la Unión Europea y los Estados Unidos que moderen sus políticas agrícolas tradicionalmente proteccionistas. Estos, a su vez, piden a las naciones en desarrollo que abran sus sectores manufactureros y de servicios a la competencia externa.
Como todos sabemos, el problema no es fácil de resolver en poco tiempo. Intereses contrapuestos, unos más respetables que otros, han montado la red proteccionista que se manifiesta con distintos énfasis en varios ámbitos de la estructura económica- institucional, de acuerdo a los países de que se trate.
Una razón no despreciable que se invoca para proteger la agricultura es la elevada proporción de la población que trabaja en ella. A nivel mundial alcanza a un 45% de la fuerza de trabajo, fuertemente concentrada en Asia (China e India) dónde estaría cerca del 80 por ciento de ese total, y en Africa donde estaría un 14 por ciento adicional.
El proteccionismo en este caso apunta a mantener la fuente de trabajo, evitando que la entrada de productos importados a veces subsidiados, provenientes de países económicamente más avanzados, desplace a los productores locales. Es muy probable que el nivel de vida de esos pueblos podría mejorar notablemente en poco tiempo si se permitiera la entrada de alimentos más baratos, pero los gobernantes de esos países se enfrentan al problema de cómo financiar su importación y ofrecer fuentes de trabajo alternativas a una parte importante de su población activa. La realidad es que el avance hacia una mayor libertad comercial en estas áreas es necesariamente lento, pero al mismo tiempo se trata de un proteccionismo más bien defensivo, porque no busca penetrar mercados externos subsidiando las exportaciones, como ocurre con los países desarrollados.
China, país con el cual acabamos de firmar un tratado de libre comercio, es un ejemplo interesante de transición desde un sector agropecuario fuertemente protegido y centralmente planificado, a otro en que paulatinamente las fuerzas y los instrumentos de mercado orientarán las decisiones. El proceso de transición está siendo fuertemente controlado y monitoreado por el Estado, pero esa parece ser la única opción que tienen para avanzar en la dirección correcta.
En los países desarrollados, como los que integran la Unión Europea y los Estados Unidos, el proteccionismo tiene un carácter más ofensivo. En ellos el factor demográfico no alcanza el dramatismo que tiene en el mundo en desarrollo. Por el contrario, cada vez es menor la proporción de su fuerza de trabajo que vive en el campo, y no faltan las fuentes de trabajo alternativas para quienes deciden emigrar.
En estos casos el proteccionismo, que se practica simultáneamente colocando barreras a la entrada de importaciones y subsidiando las exportaciones, busca mercados externos para los excedentes agrícolas que su propio progreso genera. Esta es la forma de proteccionismo que más afecta a los países de desarrollo intermedio como el nuestro.
Entre los países que lo practican hay conciencia que esto es así y despliegan esfuerzos para avanzar en dirección a una mayor libertad comercial, como es la Política Agrícola Comunitaria puesta en marcha a inicios de la presente década en la Unión Europea. Sin embargo, el ambicioso objetivo de beneficiar simultáneamente a los agricultores, a los consumidores, a la agroindustria, y la protección del medio ambiente, puede significar avances muy lentos en la práctica, si es que alguno.
El proteccionismo agrícola practicado por los países desarrollados muestra una creciente sofisticación, en la medida que se ha introducido como causales el tema del medio ambiente, la protección de la salud, la protección de los modos de vida rurales, y la necesidad de proteger la competitividad de los productores ante los vertiginosos cambios tecnológicos.
Nuestra agricultura debe enfrentarse a esta situación con realismo. No es posible esperar cambios drásticos en el escenario, a lo más iniciativas en la dirección correcta que no compliquen aún más el panorama.
Andrés Passicot
Ingeniero Comercial, Director Gemines |