|
Homenaje |
|
HERNAN COBARRUBIAS: HOMBRE
DE UN SOLA EMPRESA POR BARBARA PINOCHET
¿Cómo
llegó a trabajar al Tattersall? Desde
chiquillo me interesó el remate, me gustaba y mucho, como fui críado
en el campo en un fundo en Polpaico,
me encantaban los animales y las maquinarias, el día de la
trilla siempre estaba ahí mirando. Así que cuando decidí
entrar a los 17 años a trabajar al Tattersall no fue sorpresa para
nadie. Mis comienzos fueron igual al del resto que entró por aquellos años,
desde lo más bajo. Empecé como facturero, una especie de ayudante de
caja y de a poco fui avanzando hacia áreas que me gustaban más o en
donde mis jefes pensaron que yo podía servir mejor, pero en mis
primeros cinco años de trabajo me dediqué a ser casi un suche.
Ahora, yo siempre fui bien insistente y pedía que me enviaran a
donde estaban rematando el
ganado para aprender. Me costó bastante tiempo, pero logré lo que me
propuse. ¿Cómo
derivó al área de remates? Yo
era bien busquillas y tenía muchas ganas de aprender, pero a decir
verdad siempre pensé que esta área era muy difícil y nunca iba a
poder lograrlo. De tanto insistir me asignaron
como ayudante de martillero, que es el que se para junto a él a
rematar en las casetas. Escribiendo los boletines
aprendí cómo hacían para ver tanta gente y captar cuando
alguien hacía una postura. Otra dificultad que yo le veía a este
oficio es que antes la gente se sentaba dependiendo de lo que se iba a
rematar, todo estaba sectorizado. Entonces salía un lote, por ejemplo
de puras vacas, y uno tenía que ubicar dónde estaban sentados los
compradores y había que
entender las señas que hacían para llevarse la postura, nadie
levantaba las manos. Incluso me acuerdo que había un señor que se
agarraba la chupalla para hacer la transacción. Todas esas son cosas
que uno aprende con el tiempo, pero que en un principio cuestan mucho.
Además en las tardes cuando no había trabajo me arrancaba a los
corrales a mirar y a aprender con gente que sabía más que yo. Ellos me
indicaban por qué un novillo era mejor que otro o por qué el kilo de
carne de un animal determinado era más caro. Con todo ese
entrenamiento, un día un martillero debió haber encontrado que ya
estaba listo y en la mitad de un remate me pasó el martillo, el micrófono
y me pidió que continuara yo porque él tenía un dolor de cabeza muy
fuerte y no podía seguir. Aunque se quedó detrás de mí ayudándome.
Casi me morí de susto. Ese fue mi primer remate y desde ahí no he
parado nunca más. Jubilé el
año 1982, pero como había mucho trabajo
me pidieron que continuara rematando maquinarias, y así lo hice. Todavía
sigo en esto, aunque ya no hago los más grandes, eso se lo dejo a los jóvenes
que tienen más energía. Pero es una pasión que llevo dentro y espero
no dejar de hacerlo nunca. ¿Cómo
ha variado el negocio en estos 50 años? Ha
cambiado y mucho. Hoy en día
las cosas son mucho más rápidas, todo es más apurado. En eso ha
influido de gran manera la
tecnología: los computadores, el fax
y el mail, hacen que uno pueda comunicarse en el mismo momento,
hay poco tiempo para compartir. Antes era mucho mejor, tal vez se
trabajaba el doble , pero era más entretenido. Yo tenía mi máquina de
escribir Underwood y con ella redacté boletines durante muchos años,
claro que para seguir trabajando tuve que ponerme al día y aprender a
usar el computador. No sólo
la tecnología ha ayudado a cambiar este negocio, sino que la creación
de nuevas ferias ha colaborado mucho. Cuando yo era joven con suerte
existían las de Osorno y Santiago, lo que implicaba que había que
viajar bastante, de un lugar a otro y había poco tiempo para la
familia. Hoy en día con tanto adelanto no es necesario ausentarse de la
casa. ¿
Cómo compatibilizaba su trabajo con la familia? La
verdad es que prácticamente no los veía, tanto que una vez venía
de un remate en Iquique y tenía que seguir a Punta Arenas. El vuelo se
atrasó y tuve que llamar a mi señora para que me llevara ropa de
recambio al aeropuerto. Eran tantos los remates que teníamos que el
Gerente General de ese momento nos ofreció un avión fantástico que él
tenía para que nos pudiéramos trasladar y llegar a tiempo. Por esto
mismo que te estoy
contando, es que yo encuentro que esta es una profesión que tiene
que gustarle mucho a uno, es muy absorbente. Otro punto en contra
es que una noche uno podía
estar alojando en un hotel espléndido y al día siguiente casi en una
pesebrera. Nunca sabíamos dónde íbamos
a comer ni a qué hora. Hasta el día de hoy me retan en la casa
porque no tengo una rutina para las comidas, me acostumbré a hacerlo
cuando podía, sin horario.
Fue bien sacrificado ¿Valió
la pena tanto sacrificio? Para
el que le gusta como a mí, de todas maneras, pero para otros puede
llegar a ser un infierno. Había martilleros que no duraban más de dos
meses. Incluso tuve uno a
mi cargo que se quiso venir de La Serena a Santiago en la mitad de un
remate y yo como su jefe no lo dejé no más. Le dije que apenas termináramos
con todos los lotes podía hacerlo. En esos años los remates eran muy
grandes, una vez me tocó transar 1.500
lotes de una sola vez, estuve tres días en eso. Claro que en esa época
la sociedad chilena era distinta y si el remate era en el campo uno
alojaba en la casa de los dueños y era atendido fantásticamente bien. ¿Y
su señora qué opinaba de todo esto? La
Chabela es un diez, aguantando todo lo que me ha aguantado. Claro que
ella sabía más o menos como iba a ser su vida, era hija de agricultor,
así que conocía el medio y a mucha gente del Tattersall, también.
Recuerdo que para las vacaciones mi señora y las niñitas se iban al
fundo de mis suegros en Molina, cerca de Curicó. Entre remate y remate,
cuando me quedaban en el camino, pasaba por ahí y me quedaba un día,
después seguía viaje. La verdad es que me veían harto poco. ¿Hoy
en día es tan sacrificado ser martillero? Yo
creo que no, imposible, por la sencilla razón de que hay
muchas oficinas. No hay necesidad de viajar de Santiago
a Osorno a hacer un remate debido
a que allá hay feria y martillero. Antiguamente los remates eran
mucho más grandes porque los campos lo eran también. Además no sólo
se ofrecían animales y maquinarias, sino que incluso se remataban las
cosas de casa, ollas incluidas. Con la reforma agraria los campos fueron
achicándose y con ello los remates. El trabajo era más engorroso, pero
mucho más bonito y romántico.
Se hacían las cosas con cariño y pasión. Todos colaborábamos para
que saliera de la mejor forma. ¿Qué
lo ha motivado a permanecer casi 60 años en la misma empresa? Su gente, claramente. El ambiente de trabajo siempre ha sido óptimo, con mucha camaradería entre todos nosotros, nos ayudamos para que las cosas salgan lo mejor posible, sin chaqueteo. Eso cuesta encontrarlo. Además como yo venía del campo conocía muy bien a la gente que trabajaba aquí. Siempre me he sentido cómodo, incluso hoy que ya ha pasado tanto tiempo el Tattersall sigue siendo como mi casa.
|
||
|
|
|