Homenaje

 

HERNAN COBARRUBIAS:

 HOMBRE DE UN SOLA EMPRESA

POR BARBARA PINOCHET


.

Sesenta años es toda una vida para cualquier persona, pero este lapso trabajando en una misma empresa es todo un motivo de orgullo.  Hernán Covarrubias, martillero público de profesión y de pasión como él mismo señala, es un gran ejemplo que puede demostrarles a los más jóvenes  que  el compromiso y la lealtad mutua con una empresa son posibles. Entró a trabajar a Tattersall cuando sólo tenía 17 años y en este recorrido de su vida no sólo encontró su profesión, sino que también se casó, tuvo dos hijas y  nietos. De sus inicios, trayectoria  y de la forma  de compatibilizar  los mundos familiares y profesional nos cuenta más adelante.

¿Cómo llegó a trabajar al Tattersall?

Desde chiquillo me interesó el remate, me gustaba y mucho, como fui críado en el campo en un fundo en Polpaico,  me encantaban los animales y las maquinarias, el día de la  trilla siempre estaba ahí mirando. Así que cuando decidí entrar a los 17 años a trabajar al Tattersall no fue sorpresa para nadie. Mis comienzos fueron igual al del resto que entró por aquellos años, desde lo más bajo. Empecé como facturero, una especie de ayudante de caja y de a poco fui avanzando hacia áreas que me gustaban más o en donde mis jefes pensaron que yo podía servir mejor, pero en mis primeros cinco años de trabajo me dediqué a ser casi un suche.  Ahora, yo siempre fui bien insistente y pedía que me enviaran a donde estaban rematando  el ganado para aprender. Me costó bastante tiempo, pero logré lo que me propuse.

¿Cómo derivó al área de remates?

Yo era bien busquillas y tenía muchas ganas de aprender, pero a decir verdad siempre pensé que esta área era muy difícil y nunca iba a poder lograrlo. De tanto insistir me asignaron  como ayudante de martillero, que es el que se para junto a él a rematar en las casetas. Escribiendo los boletines  aprendí cómo hacían para ver tanta gente y captar cuando alguien hacía una postura. Otra dificultad que yo le veía a este oficio es que antes la gente se sentaba dependiendo de lo que se iba a rematar, todo estaba sectorizado. Entonces salía un lote, por ejemplo de puras vacas, y uno tenía que ubicar dónde estaban sentados los compradores y había  que entender las señas que hacían para llevarse la postura, nadie levantaba las manos. Incluso me acuerdo que había un señor que se agarraba la chupalla para hacer la transacción. Todas esas son cosas que uno aprende con el tiempo, pero que en un principio cuestan mucho. Además en las tardes cuando no había trabajo me arrancaba a los corrales a mirar y a aprender con gente que sabía más que yo. Ellos me indicaban por qué un novillo era mejor que otro o por qué el kilo de carne de un animal determinado era más caro. Con todo ese entrenamiento, un día un martillero debió haber encontrado que ya estaba listo y en la mitad de un remate me pasó el martillo, el micrófono y me pidió que continuara yo porque él tenía un dolor de cabeza muy fuerte y no podía seguir. Aunque se quedó detrás de mí ayudándome. Casi me morí de susto. Ese fue mi primer remate y desde ahí no he parado nunca más. Jubilé  el año 1982, pero como había mucho  trabajo me pidieron que continuara rematando maquinarias, y así lo hice. Todavía sigo en esto, aunque ya no hago los más grandes, eso se lo dejo a los jóvenes que tienen más energía. Pero es una pasión que llevo dentro y espero no dejar de hacerlo nunca.

¿Cómo ha variado el negocio en estos 50 años?

Ha cambiado y mucho. Hoy  en día las cosas son mucho más rápidas, todo es más apurado. En eso ha influido de  gran manera la tecnología: los computadores, el fax  y el mail, hacen que uno pueda comunicarse en el mismo momento, hay poco tiempo para compartir. Antes era mucho mejor, tal vez se trabajaba el doble , pero era más entretenido. Yo tenía mi máquina de escribir Underwood y con ella redacté boletines durante muchos años, claro que para seguir trabajando tuve que ponerme al día y aprender a usar el computador.  No sólo la tecnología ha ayudado a cambiar este negocio, sino que la creación de nuevas ferias ha colaborado mucho. Cuando yo era joven con suerte existían las de Osorno y Santiago, lo que implicaba que había que viajar bastante, de un lugar a otro y había poco tiempo para la familia. Hoy en día con tanto adelanto no es necesario ausentarse de la casa.

¿ Cómo compatibilizaba su trabajo con la familia?

La  verdad es que prácticamente no los veía, tanto que una vez venía de un remate en Iquique y tenía que seguir a Punta Arenas. El vuelo se atrasó y tuve que llamar a mi señora para que me llevara ropa de recambio al aeropuerto. Eran tantos los remates que teníamos que el Gerente General de ese momento nos ofreció un avión fantástico que él tenía para que nos pudiéramos trasladar y llegar a tiempo. Por esto  mismo  que te estoy contando, es que yo encuentro que esta es una profesión que tiene  que gustarle mucho a uno, es muy absorbente. Otro punto en contra es que  una noche uno podía estar alojando en un hotel espléndido y al día siguiente casi en una pesebrera. Nunca sabíamos dónde íbamos  a comer ni a qué hora. Hasta el día de hoy me retan en la casa porque no tengo una rutina para las comidas, me acostumbré a hacerlo cuando podía, sin  horario. Fue bien sacrificado

¿Valió la pena tanto sacrificio?

Para el que le gusta como a mí, de todas maneras, pero para otros puede llegar a ser un infierno. Había martilleros que no duraban más de dos meses. Incluso tuve  uno a mi cargo que se quiso venir de La Serena a Santiago en la mitad de un remate y yo como su jefe no lo dejé no más. Le dije que apenas termináramos con todos los lotes podía hacerlo. En esos años los remates eran muy grandes, una vez me tocó transar  1.500 lotes de una sola vez, estuve tres días en eso. Claro que en esa época la sociedad chilena era distinta y si el remate era en el campo uno alojaba en la casa de los dueños y era atendido fantásticamente bien.

¿Y su señora qué opinaba de todo esto?

La Chabela es un diez, aguantando todo lo que me ha aguantado. Claro que ella sabía más o menos como iba a ser su vida, era hija de agricultor, así que conocía el medio y a mucha gente del Tattersall, también. Recuerdo que para las vacaciones mi señora y las niñitas se iban al fundo de mis suegros en Molina, cerca de Curicó. Entre remate y remate, cuando me quedaban en el camino, pasaba por ahí y me quedaba un día, después seguía viaje. La verdad es que me veían harto poco.

¿Hoy en día es tan sacrificado ser martillero?

Yo creo que no, imposible, por la sencilla razón de que hay  muchas oficinas. No hay necesidad de viajar de Santiago  a Osorno a hacer un remate  debido a que  allá hay feria y martillero. Antiguamente los remates eran mucho más grandes porque los campos lo eran también. Además no sólo se ofrecían animales y maquinarias, sino que incluso se remataban las cosas de casa, ollas incluidas. Con la reforma agraria los campos fueron achicándose y con ello los remates. El trabajo era más engorroso, pero mucho más bonito y  romántico. Se hacían las cosas con cariño y pasión. Todos colaborábamos para que saliera de la mejor forma.

¿Qué lo ha motivado a permanecer casi 60 años en la misma empresa?

Su gente, claramente. El ambiente de trabajo siempre ha sido óptimo, con mucha camaradería entre todos nosotros, nos ayudamos para que las cosas salgan lo mejor posible, sin chaqueteo. Eso cuesta encontrarlo. Además como yo venía del campo conocía muy bien a la gente que trabajaba aquí. Siempre me he sentido cómodo, incluso hoy  que ya ha pasado tanto tiempo el Tattersall sigue siendo como mi casa.